Por Xinax
Lo había prometido, el día que finalmente se dieron el sí delante del juez que los casó, le juró que él se lo conseguiría todo, lo que deseara, material o inmaterial, pero que sobretodo conseguiría que jamás se sintiera sola, que siempre estaría pendiente de ella, que descubriría día a día sus anhelos y procuraría satisfacerlos. Aspective traía equipaje de un viaje anterior, sus propias experiencias, su bagaje personal y ella no quería vivir en perpetua comparación, no deseaba que sus días fuesen clones uno del otro, todo paz y serenidad. Ella quería explotar cada minuto como si fuera el último, disfrutar de la sensación de estar viva, de sentirse el centro del universo, soñaba con el amor, la pasión y la aventura. Él se lo había prometido, y sin embargo, se había acomodado a la tranquilidad de tenerla.
Cuando empezó a entrar en internet primero sintió el vértigo de ponerse el disfraz de lo que no era o, de la que pese a ella misma, deseaba ser. Podía vestirse de niña inocente o de la puta más perversa, ella creía que sin efectos secundarios. Le encantaba sentir que dominaba, y los hombres eran víctimas fáciles de atrapar entre los virtuales tacones de aguja que calzase o a la minifalda escolar que luciese. Desde que empezó a entrar en internet, todos los que había conocido le habían parecido unos seres básicamente simples, pero la divertían.
Hasta que llegó él. En el blog que ella escribía, un buen día apareció un “anónimo” que empezó a dejar comentarios. Poco a poco se fueron transformando en auténticas batallas dialécticas, y ella sentía el riesgo de que después de cualquier frase borde, él la mandase a tomar viento y terminara cerrando definitivamente la página y olvidando hacer más comentarios. Era lúcido, inteligente, hábil y, esencialmente, provocador. Sentía por él una tremenda atracción sexual, aunque jamás cruzaron la típica encuesta de “a qué te dedicas, cuántos años tienes, como vas vestida?”. No, lo suyo era un enfrentamiento verbal, de agilidad, de guiños inesperados, de comunicación puramente visceral. Sólo había conseguido suponer que vivía en algún sitio cerca de su ciudad. Nada más. Citaba libros, músicas desconocidas, fantasías de todo tipo, creaba para ella noches inventadas. Era como vivir subida en una montaña rusa. Se sentía libre, mujer y deseada.
En ese juego de seducción, ella ideó algo para él. Algo real que compartir. Tras los comentarios que cruzaban en su blog, ella se había dado cuenta que parecía lanzar anzuelos, vestidos de provocación, a los tres nicks evidentemente femeninos que escribían en él. Los tres nicks que eran en realidad ella misma y las distintas mujeres que habitaban en ella.
Le propuso un reto, a través del propio blog, sin la firma de ninguna de las tres mujeres cuyos nicks se atribuían la autoría de los textos. Le enviaría a su dirección de correo electrónico tres archivos encriptados. El primer archivo podría abrirlo si conseguía la clave que se escondía en una frase que le escribió, y al poder acceder a ese archivo podría descubrir la clave que abría el segundo, y a su vez en éste la frase secreta para acceder al tercer archivo, donde se encontraba el regalo final. La primera clave era una calle y un número, el segundo el nombre de una librería, y el tercero una frase que debía dirigir a la persona que le atendiese en la tienda. Allí le esperaba su regalo.
El aceptó el reto. Y durante tres días ella fue recibiendo la respuesta correcta a cada clave, y cada vez que miraba el correo su excitación iba en aumento. Terminaba fingiendo en su piel caricias y besos que aún no había recibido, completamente nuevos y diferentes. Sentía algo difícil de explicar, como si ese hombre además de poder acceder cuando gustase a su cuerpo, hubiera conseguido entrar en el lugar más recóndito e inexplorado: su complicado cerebro. Lo que le provocaba un deseo que iba más allá de lo sexual. Él le prometió acudir al lugar, se negó a decirle el día y la hora, para preservar su anonimato, pero juraba que le diría si ya tenía su regalo en las manos. Ella esperó.
Aquella noche, cuando su marido regresó a casa, lo hizo cargado de bolsas. Era Navidad, y ella supuso que eran sus regalos. La besó, como era su costumbre. Se puso las zapatillas, como era su costumbre. Dejó las bolsas en su despacho, como era su costumbre. Y faltando a la costumbre, sacó muchos libros de una de ellas.
-Hoy no he podido resistir la tentación y he arrasado en una librería nueva del centro, que me han recomendado. He comprado muchos libros, excepto éste que me hace especial ilusión, y ha sido un regalo…-le dijo Aspective, mostrándole un libro.
-Cuál es? – le contestó ella, mientras recogía distraída unos periódicos que estaban sobre el sillón de lectura.
-Se titula “Todo cuanto amé” ¿lo conoces?-le contestó él, brillándole los ojos
-Si, lo conozco –le dijo ella, mirándole y sonriendo- lo que no sé es, si después de todo este tiempo, te conozco a tí.
Proximo turno: DANIELA

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