Nadie en el barrio sabía a ciencia cierta si el anciano era fanático de las madrugadas exageradas, o si simplemente nunca iba a la cama por las noches. De una forma u otra, por más temprano que cualquier vecino se levantara, él siempre estaba allí, sentado en el viejo murito, afuera de su casucha de paredes grises y descascaradas y de ventanas pequeñas y sin vidrios; mate en mano, termo abajo del brazo, boina calada al estilo de un paisano del siglo pasado, camisa de tartán y un sucio vaquero gastado. Siempre estaba descalzo, sin importar el tiempo ni la estación. Algunas veces, buenas vecinas como Ana o la abuela Esmelda habían intentado regalarle algún viejo par de zapatos, pero el anciano, con una desdentada sonrisa, se había negado.
Era inofensivo, a diferencia de muchos de los otros viejos del barrio, que vivían del vino en caja y de las limosnas cuando la pensión se acababa. Los niños solían acercarse a jugar con él, los adultos, preguntarle nimiedades, como “¿Cómo está hoy, don Arturo?”, o “¡Qué lindo día!, ¿no?”.
Una noche ventosa, Joaquín, un muchacho que vivía enfrente, había ido a bailar con sus amigos y volvió muy solo y muy ebrio al barrio. Tambaleándose y sintiendo náuseas, atinó a no entrar enseguida a su casa; al menos, hasta que se le pasara el terrible mareo. Se sentó en el cordón de la vereda y sacó un cigarrillo todo aplastado del bolsillo del jean. Sin embargo, no tardó en descubrir que no era tan fácil hacer que el fueguito del encendedor y la punta del cigarro coincidieran en un mismo espacio, cuando estás viendo, por lo menos, tres imágenes distintas de cada uno de ellos.
— ¿Necesitás ayuda?
Al pobre de Joaquín casi le da un infarto, y el cigarrillo voló sorprendido hasta la mitad de la calle.
—D…Don Arturo. M-me asustó…
El viejo rió burlonamente, mostrando su boca oscura y agujereada.
— ¿Otra vez mamado, pibe?
Joaquín se sonrojó y se inclinó un poco a la izquierda y después a la derecha sin querer, como queriendo buscar el perfecto punto perpendicular entre su torso y la calle. Pero este movimiento sólo le causó más ganas de vomitar. Cerró los ojos por unos segundos, y luego los abrió, viendo ahora un par más de don Arturos que antes.
—Esta vez tengo excusa, Don Arturo—balbuceó finalmente, arrastrando las palabras. —Me dejó Nani.
—Y bueno, es que mirate, nene. Le das lástima hasta un viejo como yo. ¿Querés un mate? No, dejá, mejor no, que te debe jeder a pucho y a cerveza y a todo…
—Sí, mejor n…
Pero no pudo terminar, porque la cena y la cerveza por fin se habían puesto de acuerdo para escapársele por la boca, y tuvo apartarse del viejo, vomitando torrentosamente sobre la pared de la familia Chávez. El otro lo miró, tranquilo, casi burlón, y se cebó un mate espumoso y amargo. Cuando el joven volvió, limpiándose con la manga del buzo, el viejo le dijo:
—Te estás yendo por donde no es, loco. Te va a hacer mal, dejalo.
—Es sólo cerveza. ¿Nunca fue joven, don Arturo?
—No es sólo cerveza y lo sabés. Es cerveza, vino, vodka, whisky, pucho y porro y andá a saber qué más, pibe. Te estás yendo por donde no es, eh, te lo digo yo que soy viejo y ya anduve por donde andás vos. Y por ahí no es.
Joaquín vaciló antes de contestar.
—Mi vida es una mierda, don Arturo.
El viejo volvió a reírse de forma exasperante.
—Joaquín, acordate que cuando esté más oscuro, es seña de que ya va a amanecer. Te lo digo yo, que soy viejo. Y que estoy siempre acá para verlo. Mirá.
El cielo más negro que hubiera visto el chico, se teñía lentamente de colores absurdos. De repente, era de día.
—Así de fácil, ¿eh?—preguntó Joaquín, con voz queda, casi inaudible.
—Así de fácil, te lo prometo.
El chico asintió y bajó la cabeza. Unos minutos después se fue a su casa, ya sin trastabillar ni perder el equilibrio. Y al igual que nadie en el barrio sabía si aquel anciano, sentado descalzo en el viejo murito, realmente madrugaba o nunca dormía, nadie nunca se enteró por qué, así, de un día para otro, Joaquín dejó de llegar borracho todas las noches.
Próximo turno para: Gorio.
Gracias Daniela.
Historia con moraleja. Muy bien relatada (como es habitual) y que, a pesar del alcohol y las vomitonas, deja un buen sabor de boca.
Bien ambientada y descrita.
Me ha gustado mucho.
Un abrazo
Jaja, gracias Aspec. Esta historia no sé de dónde salió, fue de esas que no se piensan, solo se escriben, y que este sistema de improvisación fomenta tanto. Ya lo extrañaba
Un beso!
A ver, tú nos ocultas que eres una escritora nata. Por que, la verdad, parece talmente un trocito sacado de una novela genial.
¿O no?… jejeje!!!
Besos.
A mi realmente este texto no me gustó demasiado…Pero gracias, de todas formas Gorio
Beso!
Es un texto excelente, Dani, realmente excelente. Besos.