Hasta la próxima frase

19 02 2010

Ya no tengo ganas de subir nada. Y estoy pensando seriamente en algo que dijeron por ahí Son y Gorio. No se si este blog, después de todo, podrá seguir funcionando. No se ni quien es el administrador; ¿no era él? No se, todo el asunto me molesta. Y pienso, ¿tendría que nada más decirle “hasta la última frase”, así, sin más, incluso después de ver que luego de despedirse no se pasó nunca más ni para ver cuál fue la reacción de los demás? Me siento bastante insignificante, confieso.

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Vivir con uno y sin el otro, o viceversa

5 02 2010

DANIELA

Si todo el tema había logrado escandalizar en buen grado a la madre de Martina, la visita a la facultad de letras había sido la gota que colmó el vaso. Cuidando histéricamente de no tocar nada, ni siquiera los pasamanos de las escaleras, la estirada señora del abogado Valverde observaba todo el decadente lugar con los ojos locos, desmesuradamente abiertos, asemejándose a un par de los platos de su mejor y más cara vajilla. Cada unos tantos pasos, las dos mujeres se topaban con algún muchacho harapiento que leía echado en el piso, o que fumaba mientras garabateaba unas palabras en algún cuaderno amarillento. El suelo, los pestillos, los marcos de las puertas: todo estaba cubierto por una fina capa de polvo, como si quien limpiara el lugar no lo hiciera muy a menudo. Las paredes estaban algo descascaradas; las sillas y las mesas, destartaladas. La única sala que parecía contrastar completamente con el resto de la Facultad era la biblioteca. Imponente, enorme, límpida y luminosa, parecía emitir un brillo propio. Las paredes estaban forradas de libros y más libros: era una de las más completas del país. Las largas mesas de caoba reluciente estaban casi repletas. Habían también modernos ordenadores un poco más allá; sin embargo, y al contrario de lo que sucedía en cualquier biblioteca, los libros parecían tener mucho más popularidad.
Había en la sala una energía distinta, que enmudecía…
—Los carteles de “Silencio, por favor” no parecen muy necesarios, ¿no?—comentó la madre. En el silencio, su voz retumbó y chirrió como una tiza sobre un pizarrón. –Acá debe ser como una ley…
— ¡Shh!
—Bueno, ¿qué querés? No me gusta tanto silencio.
Un par de personas las miraron con rostros ceñudos.
—Callate mamá. Vení, vamos para afuera, no se puede estar acá con vos.
Cuando por fin salieron, el semblante de la madre pareció aflojarse. Martina, al notarlo, soltó una carcajada.
— ¿Qué te pasa? ¿Tenías miedo?
La madre endureció la mirada de nuevo, y la miró con seriedad.
—No me parece, Martina.
—No te parece, ¿qué?
—Estas facultades. Ya fuimos a la de sociología, a la de historia, a esta, a la de lingüística, a la de filosofía… Acá la gente es toda rara…Todos peludos y comunistas. Aparte, de seguro que se drogan… ¿Por qué no te puede gustar algo normal, como Derecho?
Martina soltó una enorme carcajada. Su risa tenía algo mágico. Algo libre, que revoloteaba hasta los oídos.
—Tal vez porque no tenés una hija normal. ¿Lo has pensado?
Su madre suspiró y se mordió el labio.
—Si por lo menos nos dejaras pagarte una privada…
—Absolutamente, no.
—De acuerdo—se rindió, enojada. —Entonces, ¿qué va a ser? Sinceramente espero que hayas descartado este último antro.
—De hecho, esta última visita me ayudó a decidirme.
—Escuchémoslo.
—Voy a hacer un Historia y Letras. Y voy a ir al Instituto de Profesores.
La madre quedó pasmada.
—Mi amor, es imposible que hagas dos cursos a la vez, y además el Instituto. Vas a tener que conformarte y vivir con uno y sin el otro, o viceversa.
La chica sonrió.
— ¿Quién dice?
Su madre, confundida, negó con la cabeza.
—Todos lo saben.
— ¿Todos?
—Bueno, porque lo digo yo, y punto.
—Qué suerte que no es tu decisión. Es la mía, ¿te acordás?
Se miraron a los ojos por unos segundos. Qué diferentes que eran, pensó Martina. Qué chica extraña, pensó la madre, y sobre todo, qué diferente era de ella.

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Quizá mañana ya no esté…

21 01 2010

Por: Daniela

—Tienes que entenderme. Tengo que hacerlo.
— ¿Por qué? ¿Por qué tiene que ser ahora, Julián?
—No sé. Es que…creo…no sé, Juli, ¿nunca tuviste esa sensación en el centro, como una certeza o una corazonada de que tu momento ha llegado?
—Las certezas existen, amor, pero son subjetivas. Que tengas una certeza o una corazonada no quiere decir necesariamente que algo vaya a suceder, o que lo que creas sea cierto. La estructura del cerebro funciona de forma que…
— ¡Basta! Basta de biología, basta de análisis. No es algo que quiero que analices, Julieta. Solamente quiero que te pongas la mano en el corazón y me digas…y me digas…si estás de acuerdo.
— ¿Te detendría si te digo que no?
–Eres mi esposa.
—No es eso lo que te pregunté.
—Sabes que te amo más que a nada, y estoy dispuesto a dejar mis sueños de lado si me lo pides.
—Eso es muy injusto. Te lo pido por favor, no me pongas en esa posición. ¿Qué hay de Kat?
—Tiene veintitrés años, no es ninguna niña. Además, ya te lo dije, sería por unos meses, nada más. Un año, máximo.
— ¿Y si no consigues tomar la foto en un año?
—Mi plan es conseguirla. Es el sueño de mi vida, lo sabes desde que me conoces. Convertirme, o más bien, convertir mi fotografía en una leyenda. Ya tengo cincuenta y cinco años. Y…quizá mañana ya no esté. Quiero dejar mi marca antes de irme, Juli. Quiero fotografiar la pasión de todo el mundo, como lo hizo Victor Jorgensen cuando vio a aquel marine besándose con la enfermera, para luego descubrir que eran completos desconocidos que se habían cruzado por la calle. Quiero que el mundo vea la otra mitad de las cosas. Quiero que mi dedo presionando un botón se transforme en herramienta transformadora, moralizadora, hasta catalizadora. Como la foto de Nic Uk de…
—Kim Phuc. Las llamas, la guerra de Vietnam, ya lo sé.
—Julieta…
— ¿Crees que puedas hacerlo?
— ¿Cómo?
—Eso. ¿Crees que si viajas a África puedes tomar la foto?
—Algo me dice que debo ir allá. Que allá encontraré mi camino.
— ¿Y si te equivocas?
—Ya veremos. Entonces… ¿qué dices?
—África es un lugar peligroso.
—Sé cuidarme solo.
Julieta y Julián se miraron directamente a los ojos. Él creyó ver miedo reflejado en los de ella. Ella creyó ver miedo reflejado en los de él, pero también un brillo diferente, chispeante, vivo.
—Si algo llegara a pasarte…No creo que pueda perdonarme nunca por haberte dejado ir.
Julián suspiró. Sus ojos se empañaron, anticipando la respuesta.
—Supongo que…que te entiendo. Yo no sé cómo me sentiría si tú…
—Por otro lado—le interrumpió ella—, no creo que pueda perdonarme nunca si te detengo. Si te ato a mí y a nuestra casa y te impido ir a por tus sueños.
Julián la miró como si no la hubiera visto nunca.
— ¿Lo dices en serio?—preguntó con voz temblorosa.
Ella vaciló un poco, pero finalmente asintió. Y tras morderse el labio y enjugarse una lágrima que iba en caída libre, murmuró solamente tres palabras:
Voy a extrañarte.

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Piense en mí en sus sueños

10 01 2010

POR: DANIELA

– Piense en mí en sus sueños, Valverde.
La muchacha sonrió a medias, sin decir nada. No hablaba mucho, por eso el escribano Pérez no estaba seguro de qué actitud tomar frente a ella. Hasta ahora había probado ser dominante, y le había funcionado.
Le gustaban las chicas sumisas: por eso las elegía más jóvenes. Ya le bastaba con su esposa ordenándolo todo el tiempo, y regañándolo y aburriéndolo con largos sermones o intensos griteríos.
Y esta, la nueva, No-se-qué Valverde, parecía estar a sus órdenes. Era excitante. Y sobre todo, era bueno estar tranquilo por un rato.
– Debo irme- dijo ella de repente, sacándolo de su ensimismamiento. Asombrado, Pérez la miró con los ojos como platos.
– Así que así es tu voz. Vaya, yo que creía que te habían comido la lengua los…
– Quiero un ascenso.
El escribano quedó duro.
– ¿Bromea?
– Me temo que no.
La dureza se transportó hasta su mirada, que mutó tan rápidamente como un amante libre al que en el punto más cúlmine y orgásmico le piden casamiento.
– Apenas entraste antes de ayer.
– ¿Y por qué otra razón me acostaría con usted? ¿Cree acaso que lo encuentro atractivo?
Increíble. ¿Cómo demonios había pasado esto? ¿Cuando se había convertido la estúpida y sumisa secretarita en una puta mal cogida?
– Está despedida- le espetó el escribano, casi escupiéndole, sintiendo un asco desmedido por todo el sexo opuesto.
– Lo denunciaré. Me voy a forrar.
La muchacha largó una carcajada larga, cruel, y los ojos le brillaron con malicia. Se levantó de su lecho y así, desnuda, tomó su ropa y, sin ponérsela, salió del cuarto, dispuesta a largarse del apartamento.
– ¡Valverde!- la llamó Pérez. Qué cagada se había mandado. – Diez por ciento. Es todo lo que puedo ofrecerte.
– Veinte.
– Está bien.
– Por ahora. Ya veremos más adelante.
Y se fue.
Y sintiéndose el hombre-objeto más idiota del mundo, pensó el adúltero escribano:  «La puta que la parió».

 

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Te conozco a ti.

31 12 2009

POR: DANIELA

Te conozco a ti, participante de El Reto, y/o estimado lector.
Es cierto, probablemente ni siquiera sé quién eres. No tendré más información de tu persona que un simple nick, tal vez: si es que llegas tan lejos como hasta el final del post, y en el loco caso de que se te pase por la cabeza comentar algo. No se ni tu nombre de pila, ni tu apellido, ni cuánto ganas por mes, ni qué modelo de auto tienes, ni si te gusta salir de compras, ni si tienes el pelo claro u oscuro, ni si eres casero o salidor, ni siquiera sé si te gusta la mermelada de durazno.
Aún así, te puedo asegurar que te conozco. Casi puedo verte a través de esta pantalla. ¿No dicen, después de todo, que es una ventana? Pero ese no es el punto. El punto es que si te veo a través de la pantalla o comprando un kilo de tomates en el mercado, da igual: te conozco de todos modos.
Y te asombraría saber cuánto.

Sé, por ejemplo, que tienes dentro de ti todos los sueños del mundo. No son muchos los que has alcanzado. Pero aún tienes aquellos viejos sueños dentro, tal vez escondidos tan bien de tu corazón frustrado o ansioso que finge indiferencia, que ni siquiera los notas.
Sé que, sin importar tu edad, sigues soñando despierto con la vida que desearías, aunque quizás te digas a ti mismo que no te queda nada por lo que luchar. Y sé que tu corazón no se calla nunca. A veces, te gustaría pegarle cuatro gritos y que se quedara en silencio y te dejara pensar. Pero es porfiado, ese corazón tuyo: aunque le prestes oídos sordos, él sigue opinando, aunque sea mascullando a través de una mordaza.

Sé, también, cómo te ves a ti mismo. Cuando te miras al espejo ves a alguien vulgar, pero, sólo mentalmente, sabes que estás por encima de esa vulgaridad que ves reflejada. Eres como todos, pero distinto. Una copia única de la costilla de algún cualquiera.
Crees que sabes cuando la gente te miente. Crees que mirar a los ojos es un método infalible para atravesar el alma de alguien, y para ver la esencia de quien sea.
Te gustan las pieles tersas al tacto. Te gusta el tacto y tocar, y te gusta, o te gustaría tener la piel tersa, ¿o no?
Te gusta enamorarte, aunque a veces te de un poco de miedo. Aunque a veces te guste ser precavido, creyendo estúpidamente que esa mordaza que le ataste a tu corazón efectivamente funcionará.
Sé que lo que te gusta te llena, lo que haces bien te hace hinchar el pecho, y que a veces te cuesta ser modesto.
Sé que te gustaría ser el protagonista de tu propia vida, como lo eres cuando sueñas despierto. ¿Cuántas veces has pensado cuánto prefieres la fantasía a la realidad? ¿Y cuántas veces te has contestado a ti mismo algo como: “Pero supongo que la realidad vale la pena”?
Sé que la duda se instala en tu pecho y tarda en irse, logrando atar un nudo tan complicado y enredado en tu garganta que ni el más experimentado Boy Scout podría desatarlo. Sé que, por el contrario, las convicciones que pasan por tu pecho se van tan rápido y son tan volátiles que ni el Boy Scout más experimentado tendría tiempo de amarrarlas a ti.
Sé que con el tiempo tus aspiraciones se han vuelto más modestas que antes, cada vez más y más modestas. A cada paso que das te convences cada vez más de que ser el protagonista fuera de tus sueños no es para nada fácil. Y como no confías tanto en ti mismo como confías en los demás, bajas la barra y te propones un salto no tan alto. No más aquel salto cercano al cielo y al sol, aquello espectacular e increíble, salvador y heroico: no más un record a batir. Un salto decente te conforma. Uno bastante bueno, eso estaría bien.

Sé que conoces a alguien que conoce a alguien que tiene una historia genial.
Sé que conoces a alguien que cocina como los dioses, pero casi nunca te deleitas con sus manjares.
Sé que tienes, por lo menos, un vicio. O fumas, o postergas, o bebes, o comes chupetines en exceso, o mueves frenéticamente una pierna, o tamborileas en el manubrio del auto, o eres adicto a trabajar, o al sexo, o al café, o a las vacaciones.
Sé que odias esperar, y que te encantan los baños calientes. Sé que estás convencido de que has tenido el sueño más estúpido, ridículo e inimaginable de toda la raza humana mientras dormías, en el que asociaste a todas las personas de tu vida diaria en un monoambiente que les proveyó de poderes mágicos. O algo por el estilo.
Sé que cuando te sientes tonto o bruto, tartamudeas, vacilas, trastabillas; y cuando tartamudeas, vacilas o trastabillas, te sientes tonto y bruto, por ende, tartamudeas, vacilas y trastabillas aún más.
Sé que lo que más te gusta es sentirte querido, sentirte contenido. Y sobre todo, sentirte seguro. Como si pertenecieras a algún lugar. Como si volvieras a tener seis años y corrieras a los brazos de tu madre, lloroso, porque te tropezaste y raspaste las rodillas, y su simple contacto volviera a espantar todo lo monstruoso del mundo y todas las aceras rasposas del barrio.
Sé que hay algo en tu pasado, entreverado entre páginas amarillentas de recuerdos, que te hace llorar. La vida te ha curtido, te ha dado golpes. Algunos, que no olvidarás.
Y aunque te empeñes en negarlo, sé que hay algo escrito en esas frágiles páginas que no perdonarás jamás. En el peor de los casos, a quien no perdonarás jamás será a ti mismo, por algo que hiciste o que –más comúnmente- no hiciste. Te preguntas con frecuencia qué hubiera sido si. Y te dices: «No pienses en eso. No tiene ningún sentido».
Sé que a veces te sientes libre aunque estés encerrado. Por ejemplo, mi querido compañero blogguero, cuando escribes. O cuando te ríes.

Podría seguir, pero ya lo ves. Puedo no saber tus preferencias en cuanto a mermelada se trata; pero te conozco a ti, conozco tu esencia. Porque la esencia es eso: de lo que uno está hecho.
Y, loco, estamos todos hechos del mismo polvo.

 

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Pip-pip-pip

11 12 2009

Gorio se quedó pasmado, muy quieto, aún con el auricular en el oído, sin saber qué demonios había pasado.
Las próximas horas fueron extrañas, saltadas. ¿A dónde se iba el tiempo? De repente, estaba en el tren con Sara. Y así, de pronto, comía en el comedor. Y luego estaba en el hotel, donde Sara comenzaba ya a insinuársele, tal como lo había previsto.
Pero se apresuró a decirle que debía reunirse con Daniela un poco antes, porque así habían quedado. Le dijo que ella debía acudir a las nueve, y él ya estaría allí. No supo por qué le dijo tal cosa: nunca había podido resistir los encantos de Sara. Pero hoy sólo quería sacársela de encima a toda costa, y aquello fue lo único que se le ocurrió.
Bueno, después de todo, no tenía otra cosa que hacer, así que pensó que simplemente se dirigiría al domicilio de aquella famosa escritora erótica e intentaría hablar un poco antes con ella.
La llamada de más temprano revoloteaba a veces por su mente, como un mosquito durante la noche que, cuando pensamos que finalmente ha decidido marcharse a molestar a alguien más, vuelve triunfante, sonoro y hambriento a zumbarnos en la oreja. ¿A qué se debía esa llamada? Recordaba que la voz era metálica, como modificada con uno de esos aparatos hollywoodenses. Sin embargo, sonaba a mujer. De alguna forma, podía distinguir eso…
Como hubiera hecho con el mosquito, intentó apartar el recuerdo de la llamada lo más vehementemente que pudo, concentrándose en el trabajo que debía realizar; pensando en que debería llamar a Sandra para reportarse, como buen esposo; distrayéndose de pronto al imaginarse cómo debía ser aquella mujer que se disponía a visitar…su cuerpo, su piel tersa y su cabello sedoso…

Toc, toc, toc.
— ¡Adelante!
La duda asaltó al pobre de Gorio de nuevo. ¿Debía pasar? Había supuesto que alguien le abriría. Había supuesto que una escritora de renombre internacional tendría un poco más de protección, que sería más inalcanzable, más irreal que un simple «Adelante». Finalmente se decidió y giró el pomo. Efectivamente, no tenía llave. Empujó suavemente la puerta y vio que el hermoso living estaba aparentemente vacío.
— ¿Eres tú, Gorio? Supuse que no podrías esperar, corazón.
Una figura desnuda y mojada apareció por el umbral de la puerta.
Era ella.

Gotas de agua chorreaban por su cintura, por sus pechos, por sus piernas, contorneándola, recorriéndola entera, a veces evaporándose por el calor que ella misma emanaba. Era hermosa. Inigualable.
Su cabello, ensopado, era oscuro y ondeado, suave a la vista, casi comestible.
Era alta y morena, y tenía un lunar cerca del ombligo. Los ojos medio enloquecidos de Gorio bajaron rápidamente. Allí estaba: desvergonzado, libre y oscuro. Era denso, pero no selvático en exceso. Estaba en el punto perfecto, justo como a él le gustaba…
—Así que, ¿te gusta, eh?— preguntó Daniela, con voz incitadora, leyéndole el pensamiento.
Gorio subió la vista, intentando llegar a mirarla a los ojos. Sin embargo, no pudo: fue interrumpido por la visión de los pechos más jugosos, reales y apetecibles que había visto en la vida. Los pezones estaban erectos, tal vez por el frío del aire o del agua, tal vez (pensó Gorio en un arrebato de esperanza, enceguecido por tanta belleza) porque estaba excitada… ¿por su presencia? ¿Y si estaba con alguien más?
Quiso preguntarle si estaba sola. Sin embargo, solo pudo efectuar un prehistórico gruñido. Se le hacía difícil hablar cuando toda su sangre se había trasladado muy lejos del cerebro.
Ella se acercó lentamente hasta quedar a unos pocos centímetros de él, pero sin tocarlo con ninguna parte del cuerpo. Gorio creyó, estúpidamente, que su pene explotaría en cualquier momento.
Daniela lo miró a los ojos y él no pudo seguir desviando la mirada. Se miraron de lleno.
Por primera vez pudo apreciar sus ojos. Eran tan negros como la noche: nunca había visto unos iguales. Penetrantes, profundos, que reflejaban vida y le servían de espejo a su alma y al mundo de afuera con todas sus cosas…
—Así que vienes para convencerme de que me pase a tu editorial, ¿eh?… Estas conversaciones son tan aburridas…
Hizo una pausa, y sólo se sintió su respiración.
—Cógeme—le pidió de repente, en un susurro casi inaudible.
Gorio no se hizo esperar. Más deseoso y excitado que nunca en su vida, la besó como nunca había besado a nadie, rompiendo por fin la escasa distancia que los separaba y los convertía en extraños. Ahora eran uno, eran uno y eran dos y eran muchos, y luego uno de nuevo. La recorrió con sus manos repetidamente. Apretó sus pechos, acarició sus cabellos y su rostro, arañó sus muslos y estrujó su trasero erizado; todo con rapidez, pero sin apurarse, disfrutando al máximo aquel momento único. De repente, Daniela lo tomó de la mano, y se la dirigió hasta su propio sexo. Cuando Gorio entró en contacto con aquella piel diferente, con aquello tan perfecto, sintió un vuelco en el corazón. Introdujo sus dedos muy hondo y los hizo danzar, a lo que ella comenzó a gemir de una forma tan…tan…
— ¿Qué fue eso?—preguntó Gorio, separándose de ella. Recién entonces se dio cuenta de que la tenía completamente estrujada contra la pared.
—Nada—masculló Daniela, de forma nada convincente. Por primera vez, su voz sonaba algo insegura.
— ¿Segura? Pero me pareció oír algo…creo, sí, tal vez de la otra habitación. Como un gemido o un grito que…
Que le sonaba familiar.
Pero ella rió estridentemente.
—No sabía que fueras tan miedoso.
Gorio la miró, algo avergonzado. Ella volvió a besarlo, ahora tomando control de la situación, y de alguna forma lo tiró al suelo y se montó sobre sus caderas.
— ¿Listo?
Y de nuevo Gorio se sintió fundirse con ella, con su cuerpo, con su alma. Gritaron juntos, desesperados de placer. Él, ella, y, aunque Gorio no lo supiera, también gritaba Xinax, la mujer de la llamada misteriosa, que escondida en el cuarto de al lado, se masturbaba observándolos.

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…conseguirá una erección aceptable después de tanto tiempo.

4 12 2009

—Pues eso espero—masculló Aspective, todavía algo azorado por el sueño erótico de culminante orgía. —Bastante tuve que pagar por la bendita prótesis.
La enfermera, vieja y arrugada, no contestó y se fue.
A la noche, le dieron de alta. Xinax, su mujer, no había ido a visitarle. Bueno, era comprensible, ya que había estado en contra de la operación desde un principio. Decía que iba en contra de sus “principios morales y cristianos”. Aunque claro, Aspec bien sabía que lo que quería era gastarse el dinero ahorrado en ese juego de living tan espantoso que se le había antojado. Pues ya iría él a hacerle una buena visita y demostrarle que la inversión había valido la pena…Pero, ¿la habría valido?
Sin embargo, sus dudas eran infundadas: ya en el camino a casa comenzó a sentirse diferente, renovado. Cosquilleos, algo bajando desde su garganta hasta su entrepierna, moviéndose, temblando… De repente, todo le excitaba. Toda mujer que viera, fueran las sexies abogadas que bajaban entrajadas por las escaleras del parlamento, las muchachas quinceañeras con sus ilegalmente cortos uniformes escolares, la abuelita que cruzaba la calle más lento que una lombriz acompañada de su bastón; todo le estaba provocando unas ganas de coger desenfrenadas…
—Oiga, señor taxista…no me molestaría que acelerara un poco, ¿sabe? Estoy algo apurado.
—Por supuesto, hombre, lo hubiese dicho.
Y los taxistas, como es sabido, no tienen ningún problema en ir a ciento veinte por una calle de una sola mano. Llegó más rápido de lo que hubiera querido, pero al menos no tenía que sentirse un pedófilo mirando niñas con polleras escocesas.
Cuando entró, la planta baja estaba vacía.
— ¡Xinax!
Silencio.
— ¡Eh, Xinax! ¡Baja ya mismo! ¡Baja y mira esto!
Ante un par de gritos más, Xinax, apareció por la escalera a paso perezoso, aparentemente muy aburrida.
— ¡Ahora sí! ¡Ven acá, mi amor! ¡¡Hay que probar esto!!
— ¿De qué hablas?
— ¿Que de qué…? Ven, y déjame mostrarte…Al fin voy a poder concederte todo lo que querías, ahora soy un hombre nuevo…Sólo mira mi erección. Siéntela. Sí, vamos, tú sabes como…
—Nah, hoy no. No estoy de humor.
Silencio.
— ¿Que no estás de…?
—No estoy de humor. Tal vez en unos días.
—En unos…
No podía creer lo que oía.
—Pe…pero querida…sólo mira, la tengo dura como un tronco. ¡Ve por ti misma, vamos!
Al borde de caer en un llanto desesperado, se bajó los pantalones, y quedó como Dios lo trajo al mundo. (No, no traía calzones). De hecho, era una imagen medio patética. Xinax rió ante la mirada llorosa de su esposo, y le dijo con presteza y con una enorme sonrisa casi maliciosa estampada en el rostro:
—Es que estoy con el período. En tres días hablamos.

Próximo turno: o8sandra

Les dejo un videíto, por acá, especialmente para los hombres, para que se informen un poco de la cabeza femenina en esos días que sin duda no son nuestros favoritos 🙂