Sólo estaba esperando a ser descubierto

5 11 2009

Por: 08Sandra

A Andrés siempre le había gustado pintar, pero pintaba de una forma especial, tenía un don: leía el alma de las personas con sólo mirarlas, y después las dibujaba. Veía a alguien, adivinaba las características básicas de su personalidad y, basándose en ellas y en sus rasgos físicos, hacía caricaturas.

A pesar de esto, no se ganaba la vida como él esperaba, pero Andrés era persistente, nunca había trabajado en otra cosa, ni había tenido jefes. Se fue de casa con los 18 años recién cumplidos y había errado por casi todo el mundo. Ahora, con 42, había “medio” sentado cabeza en la capital, donde vivía con Elisa. El día que ella llegó a su vida, llovía a cántaros. Él se refugiaba en un soportal, fumando un cigarrillo y tomando un café. La vio cruzar la plaza corriendo y sin paraguas, empapada bajo la lluvia, con un maletín mojado, tapándose la cabeza como podía con un periódico y con unos altos tacones, iba tambaleándose hasta que ¡zas! se cayó.

Él, fue a socorrerla y le ofreció refugio y un café, algo que ella con una amplia sonrisa rechazó y con sus ojos bajos, miraba al suelo, avergonzada por la situación.
A Andrés le encantó su timidez y supo que era una chica dulce, cándida y buena. Se enamoró de inmediato.
Volvió a ofrecerle café y su taburete para que descansara y se repusiera y, ante tanta insistencia Elisa no supo decir que no. Mientras compartía su primera charla con ella, esbozó en una lámina su bella sonrisa, el brillo de sus dientes, el rubor de sus mejillas, la claridad de su mirada…
Entre tanto, había escampado y la joven comentó que debía marcharse. Él enrolló la lámina, se la regaló y le dijo que la abriera cuando llegara a su casa.

Pero ella no se resistió y justo al doblar la esquina desveló el misterio. Quedó totalmente fascinada, nunca nadie la había dibujado tan bien. Le encantaba y pensó que la enmarcaría. Pero si el dibujo le sorprendió, aún más lo hizo la leyenda junto a la firma” “Si quieres pasar el resto de tu vida conmigo, ya sabes dónde encontrarme”.
Dos años después, formaban una pareja feliz. Él seguía dibujando en la calle, pero ahora le llovían los encargos, por fin había sido descubierto y ella seguía trabajando en la agencia de publicidad. Llevaban una vida tranquila. Pero alguien vino a enturbiar su armonía.

Era una mañana de primavera cuando Andrés puso su caballete como cada mañana y se disponía a empezar su jornada. Primero llegó una turista regordeta y de cara afable, Andrés la dibujó encantado. Después un ejecutivo agobiado por su trabajo y su familia, una caricatura de las grises.
Su tercer cliente fue un hombre misterioso que vestía chaqueta y sombrero. Andrés no era capaz de dibujarlo, rompía una lámina tras otra y no lo conseguía, al final le dijo al señor que volviera otro día que hoy no estaba inspirado.

El misterioso cliente le dijo:
– “No he venido a que me dibujes a mí, he venido a encargarte tu autorretrato. Volveré en una semana a por él y te pagaré tanto que ni te lo imaginas”.
Dicho esto, el hombre se marchó.

Andrés se quedó confundido e intentó olvidar el suceso, pero no podía. Al cabo de una semana el hombre regresó. Se encontró el taburete y el caballete del pintor vacío. En su caballete, una lámina en blanco colgaba, sólo esta su firma acompañada de una frase:
– ” No me conozco”

Jamás nadie, ni siquiera Elisa, volvió a saber de Andrés. Su paradero aún hoy es un misterio.

Próximo turno: Molinos

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